lunes, 23 de febrero de 2009
viernes, 24 de octubre de 2008
Rosario Castellanos
Y su visión de la justicia

Rosario Castellanos nació en el Distrito Federal, en 1925, pero desde que le fue posible viajar, su familia se trasladó a San Cristóbal de la Casas, donde pasó toda su infancia y primera juventud y estudió hasta la secundaria; abandonó ese estado sólo cuando llegó a la edad de continuar la preparatoria e ingresar a la universidad.
Pero quedó muy marcada con lo que vio, estudió y observó esos primeros años de su vida. Su familia poseía tierras, aunque perdió mucho a raíz de la Reforma Agraria, que durante el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas afectó haciendas y latifundios.
De cualquier manera, su familia, aunque empobrecida, siguió siendo de las privilegiadas; ella, hija única a raíz de la muerte de su hermano menor, fue criada por una nana, casi de su edad, que la cuidaba y jugaba con ella.
Como mucha gente que vivía en esas condiciones, pudo sopesar y observar las diferencias de dos mundos: el de los blancos, adinerados, que gozaban de una posición socioeconómica superior; y al mismo tiempo el de los indígenas, empobrecidos, quienes recibían una paga que no equivalía al trabajo realizado y que estaban acostumbrados a obedecer órdenes, no sólo laborales, que les comunicaban los blancos. Ambas partes aceptaban la superioridad de unos e inferioridad de otros.
Eso venía desde los tiempos de la conquista y se prolongó de manera natural toda la colonia; no desapareció con la independencia de 1821, tampoco con el triunfo de la fracción liberal en 1857, ni después, cuando el ejército liberal expulsó a los invasores que intentaron establecer en México el segundo imperio. Más bien se agudizó tras los largos periodos presidenciales de Porfirio Díaz. A lo largo de cuatro siglos Chiapas, rica en cultivos, selva y calor humano y vegetal, ha sido uno de los estados menos favorecidos por las políticas que han gobernado México desde que era parte de España. Rosario Castellanos vivió esas injusticias de niña y adolescente.
Aunque pertenecía a una familia adinerada, convivía con niños indígenas, comía con ellos, jugaba con ellos. Tenía una doble vida, como la de todos los que pertenecían a su misma clase socioeconómica, sólo que ella, en vez de crecer considerándose privilegiada, dueña de la vida de sus sirvientes, prefirió ponerse del otro lado de la acera, se identificó con los desposeídos y trató de servirles.
Al terminar la carrera de Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se fue a vivir una temporada a la tierra que la vio crecer, y con devoción franciscana se dedicó a educar a los indígenas, trabajó en su beneficio, escribió obras de teatro para que los niños chiapanecos aprendieran a leer y a escribir, y de esta manera adquirieran las otras herramientas para tener una vida más digna. Trabajó para el Instituto Nacional Indigenista, con la convicción de que los superiores no eran los blancos, los adinerados, los poderosos, sino los humildes, los explotados.
Pero no los convirtió en héroes, sino que los miró como a seres humanos, con muchas virtudes y también muchos defectos derivados de la miseria en que viven.
Retrató algunas de sus experiencias en sus dos novelas, “Balún Canán” y “Oficio de tinieblas”; pero donde mostró con más exactitud los contrastes entre ambas visiones de la vida fue en los relatos inexorables, a veces rudos, aunque bellísimos, de “Ciudad real”.
Pero Rosario Castellanos no tenía una visión trágica de la vida y también retrató a los otros, a los privilegiados, en otro volumen de cuentos, “Los convidados de agosto”, e hizo evidente su sentido de la superioridad y cómo la vida se les revierte y los castiga con crueldad; su cursilería y su ridiculez, que los lleva a tratar con el silencio los hechos que son conocidos por todos y que pretenden, al callarlos, hacer como que no sucedieron. El lenguaje de Castellanos en estos relatos es más fluido, menos tenso y mucho más humorístico.
Murió en 1974, cuando era embajadora de México en Israel. El fallecimiento de Castellanos fue a consecuencia de una descarga eléctrica recibida por una lámpara al querer contestar el teléfono momentos después de salir de una ducha.[1]
EDUARDO MEJÍA.

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[1] El subrayado es mío.
jueves, 23 de octubre de 2008
Las penas del joven Werther
'La amada Lotte y el joven Werther'No ignora Lotte lo que sufro. Su mirada ha penetrado hoy hasta lo más profundo de mi corazón. La encontré sola: yo no despegaba mis labios, y ella me miraba fijamente. Absorto ante aquella mirada sublime, llena de afectuoso interés y dulce compasión, no veía en aquel momento su seductora belleza, ni la aureola de inteligencia que ilumina su frente. ¿Por qué no me arrojé a sus pies, o la estreché en mis brazos, encubriéndola de besos? Se puso al piano; a sus armoniosos acordes unió su dulce y melodiosa voz. No he visto nunca más adorables sus labios; parecía que se entreabrían lánguidamente para aspirar los dulces sonidos del instrumento y exhalarlos de nuevo, suavizados por su hálito. ¡Ah! ¡Si yo pudiera hacer que compartiese conmigo lo que entonces sentí! Incliné la cabeza desfallecido y me juré no atreverme jamás a imprimir un beso en aquella boca…, en aquella boca donde revoloteaban los celestiales serafines. Y, sin embargo, yo quiero… No; hay una barrera inaccesible que la separa de mi alma. ¡Destruir esta pureza…! Y, luego, el castigo que sigue al pecado… ¿Pecado?
martes, 21 de octubre de 2008
Dulce Chacón


(1954 - 2003)
Dulce Chacón (Zafra, 1954-Madrid, 2003), poeta y novelista, publicó los libros de poemas Querrán ponerle nombre (1992), Las palabras de la piedra (1993), Contra el desprestigio de la altura (Premio de Poesía Ciudad de Irún 1995) y Matar al ángel (1999), todos ellos recogidos en el volumen Cuatro gotas (2003) . Como narradora publicó las novelas Algún amor que no mate (1996), Blanca vuela mañana (1997), Háblame, musa, de aquel varón (1998) -que componen la Trilogía de la huida-, Cielos de barro (Premio Azorín 2000) y La voz dormida (2002), Premio al Libro del Año 2002 del Gremio de Libreros de Madrid. También es autora de la obra de teatro Segunda mano (1998) y de la versión para la escena de Algún amor que no mate (2002). Su obra se ha traducido a varios idiomas.
domingo, 19 de octubre de 2008
EN ESTE LUGAR
jueves, 16 de octubre de 2008
La charla trivial y las malas compañías.
Otro de los obstáculos para aprender el arte del ser es entregarse a la charla trivial y a las mala compañías.
¿Qué es trivial? Viene del latín tri-via (cruce de tres caminos) y suele denotar “tópico”, vulgar, mediocre e insignificante. Podríamos definir, pues, “trivial” como la postura que se interesa sólo por la superficie de las cosas, no por sus causas ni interioridades; la postura que no distingue entre los esencial y lo inesencial, o que tiende a confundir ambas cualidades. Podemos decir que la trivialidad se deriva del vacío, la indiferencia y la rutina, o de cualquier cosa que no esté relacionada con la misión esencial del hombre: nacer plenamente.
En este sentido definía Buda la charla trivial, diciendo: “Cuando el ánimo de un monje lo incline a conversar, deberá pensar así: “No entraré en esa baja especia de conversación que es vulgar, mundana e insustancial; que no lleva al desapego, al desapasionamiento, suspensión, tranquilidad, conocimiento directo, iluminación y extinción; a saber, hablar de reyes, ladrones, ministros, ejércitos, hambre y guerra; de comida, bebida, vestido y vivienda; de joyas, perfumes, parientes, vehículos, aldeas, villas, ciudades y países; de mujeres y vino, de los chismes de la calle y de la fuente, hablar de los antepasados, de pequeñeces, de historias sobre el origen del mundo y del mar, de si las cosas son así o asá, y temas parecidos”. Entonces comprenderá todo claramente.
))”pero la conversación que sirva de ayuda para llevar una vida austera, que convenga a la claridad mental, que lleve al completo desapego, despasionamiento, suspensión, tranquilidad, conocimiento directo, iluminación, extinción…”
Uno se inclina a creer que la gente necesita guerras, crímenes, escándalos y aún enfermedades, para tener algo de qué hablar, o sea, con el fin de tener un motivo para comunicarse, aunque sea en el plano de la trivialidad. En efecto, si los hombres se han transformado en mercancías ¿Cómo puede ser su conversación, sino trivial? Si los productos del mercado pudiesen hablar, ¿no charlaría sobre los clientes, sobre el comportamiento de los vendedores, de su esperanza de conseguir un precio alto y de su decepción al quedar claro de que no se van a vender?
Mala compañía no es sólo la de personas meramente triviales, sino también la compañía de personas malas, sádicas, destructivas y hostiles a la vida. Pero, podríamos preguntarnos, ¿qué peligro hay en la compañías de malas personas cunado no traten de perjudicarnos, de una manera u otra?
Para contestar esta pegunta, debe tenerse en cuenta una ley de las relaciones humanas: no hay encuentro entre dos personas que no tenga una consecuencia para las dos. Ninguna reunión de dos personas, ninguna conversación entre ellas, excepto quizá la más casual, deja a ninguna de las dos personas como eran, a pesar de que el cambio pueda ser mínimo, y no reconocerse sino por su efecto acumulado en el caso de trato frecuente.
¿Y qué importa si los demás no nos entienden? Cuando nos exigen hacer sólo lo que entienden, lo que hacen ellos es tratar de imponérsenos. Si dicen que somos “raros” o “insociables”, que lo digan. Lo que les molesta, sobre todo, es nuestra libertad y nuestra valentía de ser nosotros mismos. A nadie tenemos que rendir cuentas, mientras no hagamos daño a nadie. ¡Cuantas vidas se han arruinado por esta necesidad de “explicarse”!, lo que suele querer decir que la explicación se “entienda”, esto es, se apruebe. Que juzguen nuestros actos y, por ellos, nuestras intenciones verdaderas, pero sepamos que una persona libre sólo debe rendir cuentas a sí misma, a su razón y a su conciencia, así como las pocas personas que puedan tener justo derecho a ello.[1]
[1] FROMM Erich (1989) Del tener al ser. (obra póstuma) Paidós, México. Pp 36, 37 y 39.
miércoles, 15 de octubre de 2008
En larguísimos túneles sombríos duermen las niñas alineadas como botellas de champaña, los maléficos ángeles del sueño las repasan en silencio, golosos catadores prueban una por una las almas en agraz les ponen sus gotas de alcohol o de acíbar sus granos de azúcar. Viene luego la promiscuidad de los brindis conforme van saliendo las cosechas al mercado hay que compartir el amor porque es una fermentación morbosa, se sube pronto a la cabeza y nadie puede consumir una mujer entera
¡kalenda maya la fiesta continúa!
-Juan José Arreola .
Música: La Barranca.
viernes, 26 de septiembre de 2008
El control
-Un niño que jugaba X-Box.
del LIBRO DE LOS ABRAZOS

La televisión, ¿muestra lo que ocurre?
En nuestros países, la televisión muestra lo que ella quiere que ocurra; y nada ocurre si la televisión no lo muestra.
La televisión, esa última luz que te salva de la soledad y de la noche, es la realidad. Porque la vida es un espectáculo: a los que se portan bien, el sistema les promete un cómodo asiento.
EL MUNDO
Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
-El mundo es eso –reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Al filo del Agua

Gentes y calles absortas. Regulares las hiladas de muros, a grandes lienzos vacíos. Puertas y ventanas de austera cantería, cerradas con tablones macizos, de nobles, rancias maderas, desnudas de barnices y vidrios, todas como trabajadas por uno y el mismo artífice rudo y exacto. Pátina del tiempo, del sol, de las lluvias, de las manos consuetudinarias, en los portones, en los dinteles y sobre los umbrales. Casas de las que no escapan rumores, risas, gritos, llantos; pero a lo alto, la fragancia de finos leños consumidos en hornos y cocinas, envuelta para regalo del cielo con telas de humo.
En el corazón y en los aledaños el igual hermetismo. Casas de las orillas, junto al río, junto al cerro, al salir de los caminos, en la nobleza de su cantería, que sella dignidad a los muros de adobe.
Y cruces al remate de la fachada más humilde, corona de las esquinas, en las paredes interminables; cruces de piedra, de cal y canto, de madera, de palma; unas, anchas, otras, altas; y pequeñas, y frágiles, y perfectas, y toscas…
“Pueblo de mujeres enlutadas…” Es el México que siempre ha estado bajo el miedo de una moral falsa e impuesta por unos cuantos para controlar a unos muchos. Ésta novela muestra como el cegarse por la fe es tan perjudicial como confiarle la vida a un asesino. Es la fe la que está hecha para liberar al hombre de sus cadenas mundanas y terrenales, lo que lo hace libre en su pequeño mundo, la que le permite ver más allá de éste, del mundo que sólo unos pocos gobiernan. Al filo del agua es una novela tan real y actual que no importa que se haya escrito hace más de 60 años, es el México que sigue estando al filo del agua de su vida política, social y cultural. Lo contradictorio es que sólo nos mantenemos al filo del agua, de ahí no pasamos, es necesario dar el siguiente paso: una revolución metal, la revolución que inicia dentro de uno mismo, donde estructuras y mitos se colapsen para dar cabida a un nuevo individuo y, por ende, a una nueva sociedad hambrienta de cambios. A escasos 2 años para cumplir el centenario y bicentenario de acontecimientos tan trascendentes para el país: aún no pasa nada, no pasa nada en la calle, en las escuelas, en el barrio y en la mente individual. No pasa nada porque así nos mantienen, gracias a la tele no pasa nada: “apaga la tele y enciende un libro” dice el buen Rius.
Es México un pueblo de mujeres enlutadas pues siempre estamos en constante luto; estamos a la orilla de nuestra tumba simbólica llorando nuestro penar como sociedad, quejándonos del vecino y de los más allegados, quejándonos de todo pero nunca nos quejamos de nosotros mismos, no somos capaces de vernos, de conocernos y de sentirnos: no nos damos cuenta que el que está dentro de esa caja somos nosotros mismos, no lloramos a nosotros, pues siempre caminamos errados, sin darnos cuenta que somos nosotros mismos quienes podemos enderezar ese andar por éstos caminos de la patria. Es peligroso andar por el mundo y no conocerse uno mismo, pues así somos presa fácil para cualquier abusado.
Es pues que al escribir estas líneas te recomiendo ésta novela tan poética; básica para el librero, o mejor dicho, para la mente de cada mexicano ávido del conocimiento de la historia y literatura del país.
-Jaime Johnston.

[1] YAÑEZ Agustín (1947) Al filo del agua Ed. Porrúa, México.
domingo, 21 de septiembre de 2008
LIBERTAD BAJO PALABRA
Invento la víspera, la noche, el día siguiente que se levanta de su lecho de piedra y recorre con ojos límpidos un mundo penosamente soñado. Sostengo al árbol, a la nube, a la roca, al mar, presentimiento de dicha, invenciones que desfallecen y vacilan frente a la luz que disgrega.
Y luego la sierra árida, el caserío de adobe, la minuciosa realidad de un charco y un pirú estólido, de unos niños idiotas que me apedrean, de un pueblo rencoroso que me señala. Invento el terror, la esperanza, el mediodía -padre de los delirios solares, de las falacias espejeantes, de las mujeres que castran a sus semejantes de una hora.
Invento la quemadura y el aullido, la masturbación en las letrinas, las visiones en el muladar, la prisión, el piojo y el chancro, la pelea por la sopa, la delación, los animales viscosos, los contacto innobles, los interrogatorios nocturnos, el examen de conciencia, el juez, la víctima, el testigo. Tú eres esos tres. ¿A quién apelar ahora y con qué argucias destruir al que te acusa? Inútiles los memoriales, los ayes y los alegatos. Inútil tocar a puertas condenadas. No hay puertas, hay espejos. Inútil cerrar los ojos o volver entre los hombres: esta lucidez ya no me abandona. Romperé los espejos, haré trizas mi imagen -que cada mañana rehace piadosamente mi cómplice, mi delator. La soledad de la conciencia y la conciencia de la soledad, al día pan y agua, la noche sin agua. Sequía, campo arrasado por un sol sin párpados, ojo atroz, oh conciencia, presente puro donde pasado y porvenir arden sin fulgor ni esperanza. Todo desemboca en ésta eternidad que no desemboca.
Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a la mujer, mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos.
Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día.

viernes, 5 de septiembre de 2008
Dos de Sabines
-Jaime Sabines.
