jueves, 1 de abril de 2010
No me preguntes cómo pasa el tiempo
El silencio de la luna: tema y variaciones
... et iam Agriva phalanx navibus ibat
a Tenedo, tacitae per amica silentia lunae
Eneida II, 254-255
... ya la falange de las griegas naves
de Ténedos venía, bajo el velo
del silencio amistoso de la luna...
Aurelio Espinosa Pólit,
Virgilio en verso castellano
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Al filo del Agua

Gentes y calles absortas. Regulares las hiladas de muros, a grandes lienzos vacíos. Puertas y ventanas de austera cantería, cerradas con tablones macizos, de nobles, rancias maderas, desnudas de barnices y vidrios, todas como trabajadas por uno y el mismo artífice rudo y exacto. Pátina del tiempo, del sol, de las lluvias, de las manos consuetudinarias, en los portones, en los dinteles y sobre los umbrales. Casas de las que no escapan rumores, risas, gritos, llantos; pero a lo alto, la fragancia de finos leños consumidos en hornos y cocinas, envuelta para regalo del cielo con telas de humo.
En el corazón y en los aledaños el igual hermetismo. Casas de las orillas, junto al río, junto al cerro, al salir de los caminos, en la nobleza de su cantería, que sella dignidad a los muros de adobe.
Y cruces al remate de la fachada más humilde, corona de las esquinas, en las paredes interminables; cruces de piedra, de cal y canto, de madera, de palma; unas, anchas, otras, altas; y pequeñas, y frágiles, y perfectas, y toscas…
“Pueblo de mujeres enlutadas…” Es el México que siempre ha estado bajo el miedo de una moral falsa e impuesta por unos cuantos para controlar a unos muchos. Ésta novela muestra como el cegarse por la fe es tan perjudicial como confiarle la vida a un asesino. Es la fe la que está hecha para liberar al hombre de sus cadenas mundanas y terrenales, lo que lo hace libre en su pequeño mundo, la que le permite ver más allá de éste, del mundo que sólo unos pocos gobiernan. Al filo del agua es una novela tan real y actual que no importa que se haya escrito hace más de 60 años, es el México que sigue estando al filo del agua de su vida política, social y cultural. Lo contradictorio es que sólo nos mantenemos al filo del agua, de ahí no pasamos, es necesario dar el siguiente paso: una revolución metal, la revolución que inicia dentro de uno mismo, donde estructuras y mitos se colapsen para dar cabida a un nuevo individuo y, por ende, a una nueva sociedad hambrienta de cambios. A escasos 2 años para cumplir el centenario y bicentenario de acontecimientos tan trascendentes para el país: aún no pasa nada, no pasa nada en la calle, en las escuelas, en el barrio y en la mente individual. No pasa nada porque así nos mantienen, gracias a la tele no pasa nada: “apaga la tele y enciende un libro” dice el buen Rius.
Es México un pueblo de mujeres enlutadas pues siempre estamos en constante luto; estamos a la orilla de nuestra tumba simbólica llorando nuestro penar como sociedad, quejándonos del vecino y de los más allegados, quejándonos de todo pero nunca nos quejamos de nosotros mismos, no somos capaces de vernos, de conocernos y de sentirnos: no nos damos cuenta que el que está dentro de esa caja somos nosotros mismos, no lloramos a nosotros, pues siempre caminamos errados, sin darnos cuenta que somos nosotros mismos quienes podemos enderezar ese andar por éstos caminos de la patria. Es peligroso andar por el mundo y no conocerse uno mismo, pues así somos presa fácil para cualquier abusado.
Es pues que al escribir estas líneas te recomiendo ésta novela tan poética; básica para el librero, o mejor dicho, para la mente de cada mexicano ávido del conocimiento de la historia y literatura del país.
-Jaime Johnston.

[1] YAÑEZ Agustín (1947) Al filo del agua Ed. Porrúa, México.
martes, 26 de agosto de 2008
Tributo a Rosario Castellanos
Ya aparejaron las cabalgaduras. Salimos temprano de Bajucú, porque la jornada es larga. Vamos sin prisa, adormilamos por el paso igual de los indios y de las bestias. Entre las espesura de los árboles suenan levemente los pájaros como si fueran la hoja más brillante y más verde. De pronto un rumor domina todos los demás y se hace dueño del espacio. Es el río Jataté que anuncia su presencia desde lejos. Viene crecido, arrastrando ramas desgajadas y ganado muerto. Espeso de barro, lento de dominio y poderío. El puente de hamaca que lo cruzaba se rompió anoche. Y no hay ni una mala canoa para atravesarlo.
Pero no podemos detenernos. Es preciso que sigamos adelante. Mi padre me abraza y me sienta en la parte delantera de su montura. Ernesto se hace cargo de mi hermano. Ambos espolean sus caballos y los castigan con el fuete. Los caballos relinchan, espantados, y se resisten a avanzar. Cuando al fin entran al agua salpican todo su alrededor de agua fría. Nadan, con los ojos dilatados de horror, oponiendo su fuerza a la corriente que los despeña hacia abajo, esquivando los palos y las inmundicias, manteniendo los belfos tenazmente a flote. En la otra orilla nos depositan, a Mario y a mí, al cuidado de Ernesto. Mi padre regresa para ayudar el paso de los que faltan. Cuando estamos todos reunidos es hora de comer.
Encendemos una fogata en la playa. De los morrales sacamos las provisiones: rebanadas de jamón ahumado, pollos fritos, huevos duros. Y un trago de comiteco por el susto que acabamos de pasar. Comemos con apetito y después nos tendemos a la sombra, a sestear un rato.
En el suelo se mueve una larga hilera de hormigas, afanosas, trasportando migajas, trozos diminutos de hierba. Encima de las ramas va el sol, dorándolas. Casi podría sopearse el silencio.
¿En qué momento empezamos a oír ese ruido hojarasca pisada? Como entre sueños vimos aparecer ante nosotros un cervato. Venía perseguido por quién sabe qué peligro mayor y se detuvo al borde del mantel, trémulo de sorpresa y de miedo; palpitantes de fatiga los ijares, húmedos los rasgados ojos, alerta las orejas. Quiso volverse, huir, pero ya Ernesto desenfundado su pistola y disparó sobre la frente del animal, en medio de donde brotaba, apenas, la cornamenta. Quedó tendido, con los cascos llenos de lodo de su carrera funesta, con la piel reluciente del último sudor.
-Vino a buscar su muerte.
Ernesto no quiere adjudicarse méritos, pero salta a la vista que está orgullos de su hazaña. Con un pañuelo limpia cuidadosamente el cañón de la pistola antes de volverla a guardar.
Mario y yo nos acercamos con timidez hasta el sitio donde yace el venado. No sabíamos que fuera tan fácil morir y quedarse quieto. Uno de los indios, que está detrás de nosotros, se arrodilla y con la punta de una varita levanta el párpado del ciervo. Aparece un ojo extinguido, opaco, igual a un charco de agua estancada donde fermenta ya la descomposición. Los otros indios se inclinan también hacia ese ojo desnudo y algo ven en su fondo porque cuando se yerguen tienen el rostro demudado. Se retiran y van a encunclillarse lejos de nosotros, evitándonos. Desde allí nos miran y cuchichean.
-¿Qué dicen? –pregunta Ernesto con un principio de malestar.
Mi padre apaga los restos del fuego, pisoteándolo con sus botas fuertes.
Desde entonces los indios llaman a aquel lugar “Donde se pudre nuestra sombra”.
Su voz es espesa de cólera. Ernesto no entiende. Insiste.
-¿Y el venado?
-Se pudrirá aquí.
-Nada. Supersticiones. Desata los caballos y vámonos.
Su voz es espesa de cólera. Ernesto no entiende. Insiste.
-¿Y el venado?
-Se pudrirá aquí.
Desde entonces los indios llaman a aquel lugar “Donde se pudre nuestra sombra”.
[1] Fragmento de la obra BALÚN CANÁN de Rosario Castellanos.
sábado, 23 de agosto de 2008
Icnocuicatl/Canatares tristes (Lila Downs)
Mostla/ queman nehuatl nionmiquis/ amo queman ximocuesco./ Nican/ ocsepa nican nionhualas/ cualtzin huitzitzilin nimocuepas./ Soatzin, queman ticonitas tonatiuh/ ica moyolo xionpaqui./ Ompa,/ Ompa niyetos ihuan totahtzin/ cualtzin tlahuilli nimitzmacas.
Mañana, mañana que yo muera, no quiero que estés triste. Aquí, aquí yo volveré convertido en Colibrí. Mujer, cuando mires hacia el sol sonríe con alegría, Allí, allí estaré con nuestro padre, buena luz yo te enviaré
martes, 19 de agosto de 2008
DE LA DIVISIÓN ARENAS


