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jueves, 1 de abril de 2010

No me preguntes cómo pasa el tiempo

Salvador Dalí (detalle)
En el polvo del mundo se pierden ya mis huellas
me alejo sin cesar.
No me preguntes cómo pasa el tiempo.
Li Kiu Ling...
Al lugar que fue nuestro llega el invierno
y cruzan por el aire las bandadas que emigran.
Después renacerá la primavera,
revivirán las flores que sembraste.
Pero en cambio nosotros
ya nunca más veremos
la casa entre la niebla.
-José Emilio Pacheco.

El silencio de la luna: tema y variaciones

Rufino Tamayo 'Luna llena'

... et iam Agriva phalanx navibus ibat

a Tenedo, tacitae per amica silentia lunae

Eneida II, 254-255

... ya la falange de las griegas naves

de Ténedos venía, bajo el velo

del silencio amistoso de la luna...

Aurelio Espinosa Pólit,

Virgilio en verso castellano


1
El aire está en tiempo presente.
La luna por definición en pasado.
Tenues conjugaciones de la noche.
El porvenir ya se urde
en los fuegos que hacen el alba.
Invisible para nosotros, porvenir nuestro,
como otro sol en la maleza del día.
2
Noviembre, y no me fijo en los troncos desnudos,
sólo en las simprevivas y en las plantas perennes.
Ignoro la respuesta: su verdor,
enmedio del desierto de la gisura,
¿es permanencia, obcecación, desafío?
O quizá por indiferentes
desconocen la noche de loa muertos.
Al prescindir del viaje renunciaron al goce
de la resurección
que habrán de disfrutar sus semejantes:
siemprevivas porque antes ya se han muerto,
perennes porque saben renacer como nadie.
3
Cuánto ocaso en el día que ya se va
y parece el primero en estar muriendo.
Son las últimas horas del gran ayer.
De mañana ignoramos todo.
4
Después de tanto hablar
guardemos un minuto de silencio
para oír esta lluvia que disuelve la noche.
-José Emilio Pacheco.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Al filo del Agua

Al filo del agua es una expresión campesina que significa el momento de iniciarse la lluvia, y -en sentido figurado, muy común- la inminencia o el principio de un suceso.
Quienes prefieran, pueden intitular este libro en En un lugar en el arzobispo, El antiguo régimen, o de cualquier modo semejante. Sus páginas no tienen argumento previo; se trata de vida -canicas las llama uno de los protagonistas- que ruedan, que son dejadas rodar en estrecho límite de tiempo y espacio, en un lugar del Arzobispado, cuyo nombre no importa recordar.



ACTO PREPARATORIO[1]







Pueblo de mujeres enlutadas. Aquí, allá, en la noche, al trajín del amanecer, en todo el santo río de la mañana, bajo la lumbre del sol alto, a las luces de la tarde –fuertes, claras, desvaídas, agónicas-; viejecitas, mujeres maduras, muchachas de lozanía, párvulas; en los atrios de iglesias, en la soledad callejera, en los interiores de tiendas y de algunas casas –cuán pocas- furtivamente abiertas.
Gentes y calles absortas. Regulares las hiladas de muros, a grandes lienzos vacíos. Puertas y ventanas de austera cantería, cerradas con tablones macizos, de nobles, rancias maderas, desnudas de barnices y vidrios, todas como trabajadas por uno y el mismo artífice rudo y exacto. Pátina del tiempo, del sol, de las lluvias, de las manos consuetudinarias, en los portones, en los dinteles y sobre los umbrales. Casas de las que no escapan rumores, risas, gritos, llantos; pero a lo alto, la fragancia de finos leños consumidos en hornos y cocinas, envuelta para regalo del cielo con telas de humo.
En el corazón y en los aledaños el igual hermetismo. Casas de las orillas, junto al río, junto al cerro, al salir de los caminos, en la nobleza de su cantería, que sella dignidad a los muros de adobe.
Y cruces al remate de la fachada más humilde, corona de las esquinas, en las paredes interminables; cruces de piedra, de cal y canto, de madera, de palma; unas, anchas, otras, altas; y pequeñas, y frágiles, y perfectas, y toscas…




“Pueblo de mujeres enlutadas…” Es el México que siempre ha estado bajo el miedo de una moral falsa e impuesta por unos cuantos para controlar a unos muchos. Ésta novela muestra como el cegarse por la fe es tan perjudicial como confiarle la vida a un asesino. Es la fe la que está hecha para liberar al hombre de sus cadenas mundanas y terrenales, lo que lo hace libre en su pequeño mundo, la que le permite ver más allá de éste, del mundo que sólo unos pocos gobiernan. Al filo del agua es una novela tan real y actual que no importa que se haya escrito hace más de 60 años, es el México que sigue estando al filo del agua de su vida política, social y cultural. Lo contradictorio es que sólo nos mantenemos al filo del agua, de ahí no pasamos, es necesario dar el siguiente paso: una revolución metal, la revolución que inicia dentro de uno mismo, donde estructuras y mitos se colapsen para dar cabida a un nuevo individuo y, por ende, a una nueva sociedad hambrienta de cambios. A escasos 2 años para cumplir el centenario y bicentenario de acontecimientos tan trascendentes para el país: aún no pasa nada, no pasa nada en la calle, en las escuelas, en el barrio y en la mente individual. No pasa nada porque así nos mantienen, gracias a la tele no pasa nada: “apaga la tele y enciende un libro” dice el buen Rius.
Es México un pueblo de mujeres enlutadas pues siempre estamos en constante luto; estamos a la orilla de nuestra tumba simbólica llorando nuestro penar como sociedad, quejándonos del vecino y de los más allegados, quejándonos de todo pero nunca nos quejamos de nosotros mismos, no somos capaces de vernos, de conocernos y de sentirnos: no nos damos cuenta que el que está dentro de esa caja somos nosotros mismos, no lloramos a nosotros, pues siempre caminamos errados, sin darnos cuenta que somos nosotros mismos quienes podemos enderezar ese andar por éstos caminos de la patria. Es peligroso andar por el mundo y no conocerse uno mismo, pues así somos presa fácil para cualquier abusado.
Es pues que al escribir estas líneas te recomiendo ésta novela tan poética; básica para el librero, o mejor dicho, para la mente de cada mexicano ávido del conocimiento de la historia y literatura del país.


-Jaime Johnston.










[1] YAÑEZ Agustín (1947) Al filo del agua Ed. Porrúa, México.

martes, 26 de agosto de 2008

Tributo a Rosario Castellanos

XXII[1]











El aire amanece limpio, recién pronunciado por la boca de Dios. Pronto va llenándose de estrépito del día. En el establo las vacas hechan su vaho caliente sobre el lomo de los ternerillos. En la majada se esponjan los guajolotes mientras las hembras, feas y tristes, escarban buscando un gusano pequeño. La gallina empolla solemnemente, sentada en su nido como en un trono.
Ya aparejaron las cabalgaduras. Salimos temprano de Bajucú, porque la jornada es larga. Vamos sin prisa, adormilamos por el paso igual de los indios y de las bestias. Entre las espesura de los árboles suenan levemente los pájaros como si fueran la hoja más brillante y más verde. De pronto un rumor domina todos los demás y se hace dueño del espacio. Es el río Jataté que anuncia su presencia desde lejos. Viene crecido, arrastrando ramas desgajadas y ganado muerto. Espeso de barro, lento de dominio y poderío. El puente de hamaca que lo cruzaba se rompió anoche. Y no hay ni una mala canoa para atravesarlo.
Pero no podemos detenernos. Es preciso que sigamos adelante. Mi padre me abraza y me sienta en la parte delantera de su montura. Ernesto se hace cargo de mi hermano. Ambos espolean sus caballos y los castigan con el fuete. Los caballos relinchan, espantados, y se resisten a avanzar. Cuando al fin entran al agua salpican todo su alrededor de agua fría. Nadan, con los ojos dilatados de horror, oponiendo su fuerza a la corriente que los despeña hacia abajo, esquivando los palos y las inmundicias, manteniendo los belfos tenazmente a flote. En la otra orilla nos depositan, a Mario y a mí, al cuidado de Ernesto. Mi padre regresa para ayudar el paso de los que faltan. Cuando estamos todos reunidos es hora de comer.
Encendemos una fogata en la playa. De los morrales sacamos las provisiones: rebanadas de jamón ahumado, pollos fritos, huevos duros. Y un trago de comiteco por el susto que acabamos de pasar. Comemos con apetito y después nos tendemos a la sombra, a sestear un rato.
En el suelo se mueve una larga hilera de hormigas, afanosas, trasportando migajas, trozos diminutos de hierba. Encima de las ramas va el sol, dorándolas. Casi podría sopearse el silencio.
¿En qué momento empezamos a oír ese ruido hojarasca pisada? Como entre sueños vimos aparecer ante nosotros un cervato. Venía perseguido por quién sabe qué peligro mayor y se detuvo al borde del mantel, trémulo de sorpresa y de miedo; palpitantes de fatiga los ijares, húmedos los rasgados ojos, alerta las orejas. Quiso volverse, huir, pero ya Ernesto desenfundado su pistola y disparó sobre la frente del animal, en medio de donde brotaba, apenas, la cornamenta. Quedó tendido, con los cascos llenos de lodo de su carrera funesta, con la piel reluciente del último sudor.
-Vino a buscar su muerte.
Ernesto no quiere adjudicarse méritos, pero salta a la vista que está orgullos de su hazaña. Con un pañuelo limpia cuidadosamente el cañón de la pistola antes de volverla a guardar.
Mario y yo nos acercamos con timidez hasta el sitio donde yace el venado. No sabíamos que fuera tan fácil morir y quedarse quieto. Uno de los indios, que está detrás de nosotros, se arrodilla y con la punta de una varita levanta el párpado del ciervo. Aparece un ojo extinguido, opaco, igual a un charco de agua estancada donde fermenta ya la descomposición. Los otros indios se inclinan también hacia ese ojo desnudo y algo ven en su fondo porque cuando se yerguen tienen el rostro demudado. Se retiran y van a encunclillarse lejos de nosotros, evitándonos. Desde allí nos miran y cuchichean.
-¿Qué dicen? –pregunta Ernesto con un principio de malestar.
Mi padre apaga los restos del fuego, pisoteándolo con sus botas fuertes.
Desde entonces los indios llaman a aquel lugar “Donde se pudre nuestra sombra”.
Su voz es espesa de cólera. Ernesto no entiende. Insiste.
-¿Y el venado?
-Se pudrirá aquí.
-Nada. Supersticiones. Desata los caballos y vámonos.
Su voz es espesa de cólera. Ernesto no entiende. Insiste.
-¿Y el venado?
-Se pudrirá aquí.
Desde entonces los indios llaman a aquel lugar “Donde se pudre nuestra sombra”.








[1] Fragmento de la obra BALÚN CANÁN de Rosario Castellanos.

sábado, 23 de agosto de 2008

Icnocuicatl/Canatares tristes (Lila Downs)



Mostla/ queman nehuatl nionmiquis/ amo queman ximocuesco./ Nican/ ocsepa nican nionhualas/ cualtzin huitzitzilin nimocuepas./ Soatzin, queman ticonitas tonatiuh/ ica moyolo xionpaqui./ Ompa,/ Ompa niyetos ihuan totahtzin/ cualtzin tlahuilli nimitzmacas.

Mañana, mañana que yo muera, no quiero que estés triste. Aquí, aquí yo volveré convertido en Colibrí. Mujer, cuando mires hacia el sol sonríe con alegría, Allí, allí estaré con nuestro padre, buena luz yo te enviaré

martes, 19 de agosto de 2008

A VOSOTROS JEFES, OFICIALES Y SOLDADOS
DE LA DIVISIÓN ARENAS

Lo que todos nosotros esperábamos, ya lo hemos visto ahora, aquello que sucedería ahora o mañana: que vosotros os dividiríais de aquellos a quienes engendra Venustiano Carranza. Nunca os favorecieron ellos, ni os quisieron. Os pusieron muchos engaños y envidias. Bien visteis así cómo no os estimaron como a hombres; querían heriros, que no tuvierais honra, haceros a un lado. Ellos nunca os mostraron comportamiento humano y respetuoso. Nunca hubo en esos hombres comprensión adecuada, de afecto por otros, de estimación, en forma voluntaria, de un comportamiento propio de humanos, que proviene de lo humano en cualquier cosa perteneciente a otros y en cualquier trabajo que alguien realizara. Dar vuelta al rostro en cuanto al mal gobernante, os honra y borra el recuerdo de vuestra falta.
Nosotros que esperamos que logréis los principios por los que se lucha y la unidad de todos nosotros, los que nos apretamos junto a una bandera, para que se haga grande la unidad de corazones, la que nunca podrán destruir esos burladores de la gente y todos aquellos a los que engendra y enluta el carrancismo, nosotros, con todo nuestro corazón, sabemos olvidar la antigua separación; os invitamos a todos, y a quien quisiera de vosotros, para que os contéis al lado de nuestra bandera, porque ella pertenece al pueblo, y a nuestro lado trabajéis por la unidad de la lucha. Ello, ahora y ahora, es así el gran trabajo que haremos ante nuestra madrecita la tierra, la que se dice la patria.
Combatamos al que está allí, el hombre no bueno, Carranza, que ha sido para todos nosotros atormentador; fortalezcamos nuestra unión y así lograremos ese gran mandato, los principios de la tierra, libertad y justicia; que cumplamos nuestro trabajo de revolucionarios decididos y sepamos lo que hemos de hacer, eso que es grande, en favor de nuestra madrecita la tierra, a vosotros invita el Cuartel General del Ejército Libertador.
Por ello hago esta palabra mandato todos los que se apeguen a nuestra lucha, quienes quiera que sean, gozarán de una vida recta y buena. en ello va nuestra palabra de honra, de hombres buenos y de buenos revolucionarios.
Reforma, Libertad, Justicia y Ley
Cuartel General Tlaltizapán, Mor.,
a 27 de abril de 1918
el General en Jefe del Ejército Libertador
Emiliano Zapata/f.
Nota: Rogamos a aquel que cuya mano caiga este manifiesto que lo haga pasar a todos los hombres de esos pueblos.